domingo, junio 10, 2007

P.M.F.

Quiero agradecer a todas las personas que se han tomado su tiempo para escribirme al correo. No pensé que tuviera fans, ni que fueran tan fieles como para revisar el blog todos los días. En verdad les agradezco. Y a razón de ello, publico este PMF o preguntas más frecuentes, más conocido como FAQ

1. ¿Por qué no posteas?
No. 1 en la lista de las preguntas que más me hacen. Las razones son, en verdad muy simples. Pero la principal es que no tengo tiempo. Como a todos, el trabajo me ha absorbido grandemente, especialmente en los últimos meses. Tengo varias historias por publicar, pero entre sentarme a escribir, revisar y corregir o descansar, bueno, puede más mi cansancio

2. Tus historias, ¿son de verdad o inventadas? porque algunas son muy difíciles de creer y otras se parecen a algo que me pasó o le pasó a un amigo(a).
Esta pregunta está casi empatada con la primera. Y bueno, la respuesta es: Sí y No. Algunas de las que he escrito son verdaderas, como es el caso de Así. Me fue narrada por una amigo muy especial, claro que no de la misma manera en que está publicada. Es cierto que me tomé varias libertades literarias, por llamarlas de alguna manera. Eso sí, antes de publicarla se las mostré a ambos y fue con su permiso que la publique.
En realidad no quisiera decir cuales son verdaderas y cuales fantasía. Creo que en ese no saber, en esa pequeña duda que te deja lo que has leído, radica lo que quiero trasmitirte con ellas, las historias.

3. ¿Eres el o ella?
Soy Keeper. ;p

4. ¿Publicarías mi historia?
Supongo que sí. Ya me lo han preguntado antes, pero nadie se ha animado a enviarme su historia. Te pediría solamente querido lector que comprendas que si me la envías, la revisaré y corregiré los errores ortográficos y gramaticales. Y debe ser erótica, no pornográfica, que te haga pensar y te excite, no que simplemente te ofrezca la gratificación inmediata. Sé que me entiendes.

5. ¿Por qué solo escribes sobre lesbianas y no gays? ¿Tienes algo en contra de ellos?
Quiero aclarar antes que nada, que me considero una persona de mente abierta y bastante centrada. Dicho esto, añadiré además que no tengo nada en contra de los gays u homosexuales. Es simplemente que es más fácil para mi (además de gratificante, he de decirlo) imaginar o escribir sobre una relación entre mujeres, que entre dos hombres.

6. ¿Por qué escribes sobre A/B/C o etcétera? Es una práctica horrenda y (añádanse más adjetivos descalificadores)
Como ya dije, soy de mente abierta. Y por eso escribo sobre lo que me gusta. Sin embargo, no obligo a nadie a leer lo que escribo, por lo que simplemente, amable lector, tienes todo el derecho de cerrar la página.

miércoles, febrero 14, 2007

Corazones y Narices

- Hija, te buscan - La voz de mi madre sonaba lejana detrás de mis audífonos, mientras escuchaba música tirada en mi cama, vestida solo con una camisa y un short, porque el calor está insoportable.

Me quitaba los audífonos y me sentaba cuando mi madre entro en mi cuarto - ¿Quién es?
Un joven que dice que… - mi madre no llegó a terminar la frase. Parado detrás de ella estaba él. Sentí como la ira me nublaba la vista.
- ¡Mamá! ¡No quiero hablar con este!

Mi mamá estaba asombrada. Y un poco ruborizada. Era de entender supongo, no suelo perder la calma, pero verlo ahí parado con total descaro en la puerta de mi cuarto fue demasiado.

Y entonces habló. - Lo siento señora, pero necesito hablar con ella.
- ¡Yo no quiero hablar contigo!
- ¡Pues me vas a escuchar así no quieras! - su tono de voz no admitía discusión y me ruborice tanto que me enojé conmigo misma

- Joven, por favor, si mi hija no quiere hablar con usted… por favor retírese
- Señora, por favor, necesito hablar con ella
- Pero mi hija…

¡Como se atreve! Ha tomado la mano de mi madre entre las suyas. Sus ojos están fijos en los de ella - Señora, lo siento, pero es muy importante. - el tono de su voz era firme pero suave a la vez.

- Está bien joven
- ¡Mamá!!

Mi mamá salió del cuarto y él cerró la puerta. El clic del pestillo fue lo último que se escucho en mi cuarto. Él, parado ante mi cama, yo sentada en ella, mirándolo con odio y él tratando de descifrarme.

- No te entiendo la verdad. Han pasado casi 8 meses y nunca te dignaste a llamar o decir que pasó. No puedo creer que te comportes así.
- ¿Y a ti que te importa?
- Claro que me importa, si no fuera por lo ocupado que estoy habría venido antes. Pero hoy, justamente hoy, he venido a...
- No me importa lo que me tengas que decir, solo quiero que te largues.
- Mira, lo único que quiero, es saber que pasó
- ¿Para qué? Solo pasó y ya.
- Sí y estoy seguro que fue tu culpa
- ¿Mi culpa?
- Sí, porque dudo mucho que...
- ¡Como te atreves! - Me paré de un salto, con mi cara a unos escasos centímetros de la suya
- ¡Como te atreves a venir a mi casa y decir que fue mi culpa! - No me importaba si mi madre nos escuchaba o no.
- Porque lo es.
- Yo no soy la que engañó o se fue con
- ¿Engañar? ¿Irse con otro?
- No te hagas el inocente
Me tomó por los hombros y me espetó - ¡Qué no entiendes que a la que ella ama es a ti!

Algo estalló en mí, una mezcla incontrolable de sentimientos, pero el que ganó fue ira. No recuerdo bien lo que pasó, pero en los siguientes momentos mi mano me dolía horrible y él yacía en el suelo, con su mano en la cara y sangre resbalando entre sus dedos.

- ¡Dios! ¿Qué pasó?
- Creo… que me rompiste la nariz.
- No, no puede ser - Lo miré horrorizada
- Buen derechazo - Intentó bromear pero terminó en un gruñido de dolor.

Justo en ese momento entró mi mamá

- ¿Qué pasó? Y al verlo agregó - Hija ¿qué has hecho?
- Yo… pero…
- No es su culpa señora, al menos no directamente.
- ¿Cómo? - Mi madre y yo preguntamos a la vez
- Me tropecé con sus cochinas zapatillas - Era verdad, mis zapatillas estaban tiradas y el podría haberse tropezado, pero jamás romperse la nariz

Mi madre ya lo estaba ayudando a ponerse de pie. Yo no sabía que hacer. - Necesita ir a urgencia joven, vamos.
- No se preocupe señora, tomo un taxi y llegó.
- Nada, nada. Vamos - ya lo arrastraba escaleras abajo. Antes de salir de mi cuarto él volteó a verme mientras buscaba algo en su bolsillo, lo sacó y me lo tiró. Lo cogí con facilidad y me quede mirando. Levante la mirada y el clavó sus ojos en los míos, antes de desaparecer al ser llevado por mi mamá.

***

Traté de no hacer ruido al abrir la puerta, pero ésta crujió como siempre, como yo recordaba. Todo estaba igual que aquella vez. Entré y cerré la puerta mientras escuchaba su voz. - ¡Lucho! Lo siento, pero no tenía ganas de cocinar. Ya pedí comida. - Y se quedó de una pieza al entrar a la sala y verme allí parada

- ¿Qué haces aquí? - Su voz era un susurro
- Yo… vine a hablar contigo.
- ¿Ah si? - Había amargura en su tono de voz.
- Sí, yo… lo siento - No podía levantar la mirada del suelo. Sentía una vergüenza absoluta. Me había comportado como una verdadera perra y no lo había querido aceptar.
- ¿Y tú crees que es tan fácil? - Estaba de pie y había empezado a llorar.
- No, sé que no es tan fácil. - Le respondí mientras corría hacia ella y la abrazaba
- ¡Estúpida! ¡Tonta! ¡Tonta! - Lloraba mientras golpeaba mi pecho con sus puños.
No pude contener mis lágrimas mientras repetía - Lo siento, lo siento.


Nota:
¿Decepcionado, querido lector, de la falta de erotismo en esta historia? Realmente lo lamento. Pero hoy he querido dejarte una historia diferente, con un sabor diferente. Espero que la disfrutes. Ya habrá otras oportunidades de historias con suficiente lascivia y/o giros inesperados.

jueves, enero 18, 2007

No es lo que parece

Ha sido un día largo en la oficina. Llegar a casa es un gran placer y un alivio después de un día estresante y después de una ducha y un buen vaso de agua, sentarse delante de la computadora a jugar un rato mientras espero que regresen mi esposa y mi hija es una buena manera de pasar el tiempo. Los minutos pasan y tan absorto como estoy no siento que hay alguien en la puerta de mi oficina hasta que una voz dulce me saca de mi concentración:

- ¿Papi?

Me volteo hacia la puerta y lo que veo hace que enarque una ceja. Ahí está ella, parada en el umbral de la puerta luciendo angelical, con la falda y blusa de colegio y medias que le llegan justo por debajo de las rodillas. Sus dos brazos están detrás de ella mientras sus manos arrastran la mochila. Arqueo un poco más mi ceja, es obvio que ha acortado su falda, a menos que el ministerio de educación haya decidido otra cosa, lo cual dudo sobremanera.

Camina hacia mí y puedo ver que se ha soltado los botones superiores de la blusa. Cada paso que da es estudiado y sexy, mientras sigue arrastrando la mochila. Se detiene delante de mi, y clava sus ojos castaños en los míos, mientras su cabello resbala por sus hombros. Cruzo mis brazos sobre mi pecho.

- ¿Papi? Tengo algo que decirte - Suelta una risita mientras habla.
- ¿Qué cosa?- Hago un esfuerzo para no sonreír, pero ella siempre me hace sonreír a pesar de todo.
- El director quiere hablar contigo.
- ¿Conmigo? ¿Por qué?
- Es que… la profesora me cogió copiando en el examen.
- ¿Ah sí?
- Sí. Y el director quiere hablar contigo.
- ¿Ah sí?
- Sí
- Sabes que significa, ¿no?
- Pero Papi… - lo dice suavemente mientras juega con un mechón de su cabello
- ¿Pero qué? No puedo creer que copiaras. Mereces un castigo.
- ¡Pero Papi!
- ¿Qué?
- ¿No puedo hacer algo? No quiero que me castigues.
- ¿Algo? ¿Algo como qué?
- No sé… - y sus ojos bajan hasta mi regazo, donde obviamente no puedo ocultar la erección tras mi pantalón.

Arroja su mochila sobre el sillón y rápidamente se arrodilla entre mis piernas y su mano se posa en mi regazo, ejerciendo una ligera presión.

- ¿Me vas a castigar papá?
- Aún no lo sé - logro a duras penas murmurar.
- Porque… si no me castigas, yo podría ayudarte con esto - sus ojos no dejan los míos mientras sus manos desabrochan mi pantalón y bajan el cierre. Rápidamente su mano se pierde dentro de mi pantalón y juega conmigo. Ahogo con esfuerzo un gruñido, pero ella lo escucha y sonríe de oreja a oreja.

- ¿Estoy castigada?
- Copiar es malo querida - no sé como puedo hablar mientras hace lo que hace con su mano.
- Porque… si no me castigas… no sé papá… yo podría usar… mi boquita. – y sin dejar de mirarme me toma en su boca. Dios mío. Por lo blanco de mis nudillos estoy seguro que voy a dejar marcas en los brazos de mi sillón.

Mientras una mano suya me sujeta con firmeza la otra se pierde entre sus piernas, por detrás de sus bragas y se mueve con la misma cadencia de su cabeza. Le acaricio el rostro y el cabello mientras sigue en su juego. Solo se detiene para preguntar una vez más si está castigada y al no obtener respuesta de mi parte, continúa. Dios, un hombre no puede resistir por siempre. Y justo cuando estoy por decirle que no pienso castigarla, se levanta de un brinco y con agilidad casi felina se saca las bragas y se sienta sobre mí, mirándome. Se abre la blusa completamente y sube su brassiere, un lindo brassiere negro de encaje. Sus senos están a plena vista, para mi completo deleite.

- Son pequeños - me dice con fingida vergüenza.
- Pues a mi me encantan. - y sonríe cuando escucha mi aprobación. Pero su sonrisa se congela en su rostro cuando tomo uno de sus pezones en mi boca y juego con él. Sus ligeros gemidos son música en mis oídos. Pronto su mano busca en medio de nuestros regazos y con ligeros movimientos de su cadera, somos uno al fin.

Sus caderas suben y bajan con lentitud, sus manos en mis hombros la ayudan a mantener el ritmo, mientras mis manos en sus caderas la urgen a apurarse. Pronto lanza un gemido y entierra su rostro en mi hombro, jadeando sin cesar. Pero ahora en mi turno y muevo sus caderas con mis manos y ella se deja hacer, jadeando cada vez más rápido. Pronto mis gruñidos se unen a sus jadeos y finalmente nos hundimos en una nube de placer.

Sentado en mi sillón, reponiéndome y sintiendo su ligera respiración me atrevo a preguntar.
- ¿Dónde demonios encontraste un uniforme escolar en tu talla?
- ¿Te gustó? Me pregunta con una sonrisa felina en su rostro.
- ¿No te has dado cuenta? – le respondo al tiempo que muevo mi cadera. - ¿De dónde lo sacaste?
- Por ahí. No creerías lo que se encuentra en Internet.
- Pues lo creo ahora. Pero mejor nos apuramos a arreglar, no vaya a llegar nuestra hija.
- No va a llegar. Se fue a la casa de su amiga, regresa mañana. Así que tenemos tiempo.
- ¿Tiempo?
- Sí.
- ¿Para qué?
- Abre el cajón de tu escritorio

Preguntándome sobre si debo pedirle que se levante o no y decidiendo lo contrario, arrastro el sillón con nosotros dos encima hasta mi escritorio y abro el cajón que me señala. Dentro hay un sombrero de policía y un gorro de enfermera.

Nos miramos y no podemos contener la risa.

miércoles, noviembre 01, 2006

Nox Angelis

Una ligera brisa de aire frío me hace estremecer, mientras ajusto el cuello de mi casaca. Otra noche en la ciudad, en medio del ruido y la gente. Prendería un cigarrillo para calentarme pero hace unos minutos me fumé el último, en el último bar que entré. Horas prohibidas que le dicen, no importa. Igual sigo buscándote. Sé que te encontraré. Tal vez en la próxima discoteca, quien sabe…

Ahh, que detestables que son los sábados, sin nada que hacer, especialmente en la noche. Mis amigos no están, hace meses que estoy solo y no tengo nada que hacer. Y ni hablar de la televisión y no tengo ganas de ver una película ni nada. Meh, creo que saldré.

Una ducha rápida, ropa limpia, un viaje en carro y elegir una buena discoteca. Un trago para empezar la noche, y empieza la danza, esa danza de las miradas y acometidas, de las sonrisas y los rechazos, amables o desagradables. Pero la noche avanza y no pasa nada y llenarme el estomago de Pisco Sour y hacerme el tonto nunca ha sido una opción, así que es hora de irse a casa.

- ¿Solo?

Volteo a ver quien me habla. Dios mío, que mujer. Alta, de cabello negro azabache, largo hasta la cintura. Con una figura que parecía esculpida en fino mármol. Vestida con un polo de mangas largas azul, que terminaba justamente por encima de su abdomen y con unos jeans negros a la cadera, tan ajustados que parecían pintados sobre su piel. Y su mirada, dios. Unos ojos azules, con un brillo de malicia que hacía que me perdiera en ellos por un momento. Sus manos, con unas uñas muy bien cuidadas, descansaban sobre su cadera, inclinada hacia mi de manera muy sugerente. Y con una inclinación de su cabeza pregunto de nuevo: ¿Solo?

- Así es.
- ¿Bailas?

Así que así era. Una mujer de pocas palabras. Le dirigí una sonrisa y sin más la seguí a la pista de baile. Canción tras canción estuvimos ahí, dando vueltas por toda la pista. Y ella bailaba con una soltura y una sensualidad que era imposible no detenerse a observarla. Lo sé porque todos los muchachos desviaban su mirada para observarla mejor, con el correspondiente ceño fruncido de sus parejas. Y no dejaban de seguirla con la mirada cuando nos sentamos en una mesa, a seguir ordenando bebidas y a conversar.

Sí, es una mujer de pocas palabras y mucha belleza. Su nombre es Bea, por Beatrix. Un nombre escocés según me dijo. Su risa es contagiosa y la manera en que se desenvuelve es increíble. Sin darme cuenta estoy hablando con ella como si nos conociéramos de tiempo atrás. Y tampoco me he dado cuenta que su mano no suelta la mía. Jeh, es casi como si no quisiera que me escape.

Más baile, más tragos, más conversación a medida que pasan los minutos. Estoy cansado y exhausto, pero extrañamente feliz y alegre. Y Bea parece más llena de energía a cada momento.

- Hola

Que voz. Angelical y extrañamente llena de pasión. Y desconcertante a la vez, porque pertenecía a una muchacha que era el vivo retrato de Bea, pero más joven. La única diferencia notable era su cabello, castaño a diferencia de Bea.

- Hola Ùna. - La voz de Bea estaba llena de alegría
- Veo que ya encontraste a alguien
- Así es
- Y bueno, ¿Qué esperamos?
- Uh huh, no. Está noche no comparto.
- Aww.
- Lo siento, es todo mío.
- Eres mala.
- Lo sé - Y la risa con la que terminó su dialogo con su hermana me inquieta de alguna manera.

- Vamos - dijo, tirando de mi mano.
- ¿A dónde?
- A tu casa por supuesto. ¿o prefieres un hotel?

Ya en el taxi, camino a mi casa, y luego que mis neuronas decidieran volver a funcionar, pude al fin articular una pregunta.

- ¿A… a qué se refería tu hermana con compartir?
Su risa fue desconcertante - Si no lo sabes eres un tontito
Mi cara de estúpido le hizo añadir - Mi hermana y yo a veces compartimos nuestras… citas - terminó con otra risa.
- Pero tu hermana es menor de edad.
Otra vez se rie. - Créeme, es mucho mayor que lo que aparenta.

Llegamos a mi casa y no habíamos terminado de entrar y ella ya estaba sacándome la camisa y desabrochándome los pantalones. Nos besamos y su boca estaba fría y su aliento aún más. Pero la piel de su rostro y su cuello quemaba al tacto y los ronroneos que hacía mientras jugaba con su oreja me volvían loco.

Pronto llegamos a mi cama y allí, ella encima de mi, nos besamos, nos abrazamos y yo acariciaba cada centímetro de su pecho desnudo. Su mirada coqueta y hambrienta encendía mi lujuria y pronto sus ronroneos cambiaron a jadeos cuando mi boca exhalaba mi aliento sobre sus pezones y su respiración se entrecortó cuando la tomé como una niño hambriento. Una mano, delicada pero fuerte no soltaba mi brazo, mientras la otra jugaba con mi cabello mientras yo jugaba con su pecho. Sin siquiera esperarlo, me apartó con un leve empujón y empezó a besar mi pecho lentamente, descendiendo hacia a mi abdomen e incluso más al sur. Jugando me tomó entre sus labios y sus ojos azules, profundos, nunca abandonaron los míos. Ahora era yo el que jadeaba y gruñía, por la manera experta en que jugaba conmigo. Pero cruel, que cruel al dejarme así y besarme en sentido inverso, buscando esta vez mi boca, mientras su mano me toma y se sienta sobre mi. Pero dos pueden jugar este juego y antes que pueda lograrlo ahora soy yo quien la tumba sobre la cama. Por un momento se molesta, pero cuando mi rostro se pierde entre sus piernas y mis manos sujetan sus caderas, su rostro cambia de expresión y sus manos me cogen por el cabello pero me deja hacer.

Sus piernas me aprietan, sus caderas se mueven con vida propia mientras su voz me reclama que no me detenga y cuando ya no puede más, me jala hacia ella y me besa con unas ganas que me hace daño en los labios. Sus ojos siguen siendo azules pero ahora hay una llama en ellos que no se extinguirá pronto. Nos movemos y quedo debajo de ella, sus piernas rodean mi cadera, sus manos se apoyan en mi pecho y somos uno al fin.


- Eres un caballero ¿lo sabias?
- ¿Ah si?
- No muchos hombres les gusta hacer lo que me has hecho
- Pues no saben lo que se pierden.
Por toda respuesta se ríe coquetamente

Nuestros movimientos son más frenéticos, sus jadeos son más profundos y no puedo contener mis gruñidos.

- Casi siento pena por lo que voy a hacer. Casi
- ¿Qué?

Pero no obtengo respuesta. Solo me besa. Mientras sus caderas suben y bajan. Pero el aliento se me congela, un frío aterrador atenaza mi corazón y siento como si arrancaran una parte de mi, de mi propio ser. Y cuando siento su lengua en mi boca, probando aquello que me ha robado, mientras lo absorbe con fruición, siento como explota una nube roja de placer en mí y como se mezcla con el frío y la desazón y es un sentimiento extraño, horrible y excitante a la vez que estoy seguro nadie lo ha experimentado.

Y antes que mis ojos se cierren, su sonrisa de satisfacción y sus ojos rojos son lo último que veo.

- Gracias por todo muchacho…

Arrojo la tercera caja de cigarrillos vacía en uno de los basureros del Malecón, mientras arreglo una vez más el cuello de mi casaca. Es otra noche fría e infructuosa. Hace unos meses las cosas parecían tener sentido. Ahora no. Ya nada importa en verdad. Solo quiero tener ese sentimiento en mí. No sé. Mis amigos dicen que no soy el mismo, que parece que algo me faltara. Es verdad, pues me lo robaron. Una risa me saca de mi estado reflexivo.

- Mira quien está aquí Bea.
- ¿Quién Ùna?

Estan sentadas al borde de la baranda, abrazadas. El viento mueve sus cabellos y sus ojos rojos me llaman.

- ¿Qué es lo que quieres muchacho? - me pregunta Ùna
- ¿No es obvio? - responde Bea por mí.
- Sí. Además no es de buena educación dejar las cosas a medias. - es mi respuesta.

Esa risa, esa risa, esa bella risa.

- ¿Estás listo?
- Sí
- ¿Sabes? Me caes bien, tal vez… tal vez…
- Pero entonces no podríamos… - Sé lo que me quiere proponer
- ¿Quién dice que no? Después de todo, no lo hacemos con fines reproductivos - ríe Ùna
- Entonces sí. Sí quiero ser… uno de ustedes.

Su sonrisa y sus ojos es lo único que necesito.

viernes, octubre 06, 2006

Arlequin

Me recuesto en el asiento de mi auto, con las ventanas abiertas, mientras espero. La lucha diaria entre el calor y el frío me tienen hastiado, ya que el invierno no quiere irse y la primavera no se decide en llegar. La música llena el interior mientras entra una leve brisa. El reloj del tablero señala las 2:13 P.M. y cuando levanto la vista la veo doblando la esquina, buscándome. La veo buscarme y no hago ademán de delatar donde estoy. Cuando al fin me ve me sonríe, me saluda con la mano y corre hacia el carro. ¿Cómo pueden las mujeres correr con tacos y no morir en el intento? Nunca lo entenderé en verdad. Pero ella lo hace con tanta gracia y finura que parece que hubiera nacido con los tacos puestos.

Abre la puerta de mi carro y se sienta a mi lado. Ahí esta ella, con su traje sastre sobrio, carmín, con su pequeño bolso y su bolsa de Ripley. Así son siempre nuestros encuentros, ella sale de trabajar, compra alguna tontería en Ripley y luego yo la recojo.

- ¡Miguel! Te he extrañado mucho - me dice mientras me saluda con un beso.
- Yo también Vero
- ¿Cómo has estado?
- Ya sabes, ahí en la chamba. - Me sonríe coqueta pero su gesto cambia al verme la cara.
- ¿Qué pasa? Te veo triste.
- No, no es nada. - Disimulo mientras sonrío, con verdadero afecto.
- ¿Seguro? No me mientas ah!

Me río suavemente mientras arranco el motor, el cual no se siente, solo un ligero ronroneo. Solo hay algo que amo más que mi carro y está sentado junto a mí. Aunque suene machista, lo sé.

- ¿Quieres ir a comer algo?
- No
- ¿A tomar algo?
- No
- ¿Entonces?
- Quiero ir a tu casa ahora. - Ni siquiera se sonroja o se inmuta, solo me sonríe y me saca la lengua juguetonamente.
-Okay, okay. - Respondo mientras entra el primer cambio. Me besa rápidamente en la mejilla y nos ponemos en camino.

No termino de arrojar mis llaves y mi billetera en la mesa de centro de mi sala y Vero ya está subiendo a mi cuarto mientras se saca el saco. No hay nada que hacer, cuando se le mete una idea nada ni nadie la hará cambiar de parecer. Subo detrás de ella meneando la cabeza.

- Deberías limpiar más - me reprocha.
- ¿Por qué? Si todo está limpio. - Y lo está en verdad.
- O al menos ordenar más - replica mientras señala la mesa de mi cuarto-estudio, donde descansan mis planos, mi casco y demás.

Ya Vero está ordenando mis papeles.
- Oye deja ahí. - Le digo mientras la abrazo por detrás.
- No
- Deja
- No
- No me hagas ser malo.
- ¿Ah sí?
- Sí
- No
La beso en el cuello mientras ella sigue ordenando. Solo cuando la muerdo con suavidad suelta los papeles y se deja hacer, mientras desabotonó su blusa. Mi otra mano se desliza por su cuerpo, por su cintura y caderas, buscando el botón de su falda.

Lentamente la llevo a mi cama. Sus manos están sobre las mías, mientras toco suavemente su pecho, jugando con sus senos. Ella voltea su cabeza, buscando mis labios con los suyos. Nos besamos, yo con ternura y ella con insistencia. Pronto se suelta de mi abrazo y se voltea y me besa otra vez, con mayor insistencia, con sus manos en mi cabello, con sus ojos cerrados y su cuerpo pegado al mío. El tiempo parece detenerse cuando estamos juntos y en verdad quisiera que estos momentos no acabaran. Verla a ella así, de esta manera, está empezando a molestarme y, enfrentémoslo, está rompiéndome el alma y el corazón. Se me escapa un suspiro.

- ¿Qué pasa?
- Nada, nada. Solo estoy un poco cansado
- Me hubieras dicho entonces. Hubiéramos quedado para otro día
- Siempre tengo tiempo para ti.

Mataría por esa sonrisa. En serio.

- Pues entonces mañana te arrastras al trabajo.
- ¿Ah si?
- Te voy a dejar muerto. - Me replica mientras me empuja a la cama y se sienta en mi pecho. Ya vas a ver añade mientras me saca el polo. Siento la suavidad de sus piernas en mi pecho. Mientras me acaricia la cara y juega con mi cabello. Vamos a ver quien mata a quien. Con un poco de esfuerzo me muevo debajo de ella, hasta que mi rostro se pierde entre sus piernas

- ¡No se vale, no se vale, no…!

Intenta levantarse pero no la dejo, mientras la sujeto por la cintura. Me jala el cabello, intenta zafarse, pero pronto sus reclamos cambian por gemidos y ahogos. Sus caderas se mueven con ansias, y ahora me pide que no pare. Y por un momento me detengo y me mira coqueta, con un dedo en la boca, haciendo puchero y sus ojos me ahogan, me abruman. Su otra mano se pierde tras su espalda y juega conmigo, y una ligera presión de sus dedos es el simple recordatorio que debo continuar.

Es una lucha, un juego. Sus piernas rodeando mi cintura, su boca y labios perdidos entre los míos, el frenético ritmo de pecho con cada gemido, con cada aliento. Y sus ojos, sus malditos y benditos ojos, que devoran mi alma, me consumen.

Nada es más gratificante que su grito de placer y por un momento deja de ser mujer y se convierte en algo más. Y solo entonces, cuando mi… diosa, sí, mi diosa se está así, puedo…

La tarde es fría pero no la siento al tener a Vero a mi lado, acurrada entre mis brazos. Solo siento su respiración sobre mi pecho y la dulzura de sus formas contra mi piel. Y pronto todo eso se desvanece cuando se levanta apurada y entra a mi baño corriendo a tomar una ducha.

- ¡No me he dado cuenta de la hora! Se está haciendo tarde.
- Lo sé
- ¿No te quieres bañan conmigo? - pregunta, coqueta.
- Vas a llegar tarde.

Hace puchero una vez más mientras cierra la puerta. Las mujeres son una maldición y una bendición sobre la tierra. El sonido del teléfono me saca de mi ensoñación.

- ¿Aló?
- Hola
- Hola Daniel.
- ¿Esta todavía ahí?
- Sí. Se está bañando.
- OK. No debe tardar entonces en llegar.
- Así es.
- ¿Tuvo… tuvo un buen tiempo?
- ¿Por qué siempre preguntas lo mismo? Sabes que no te lo voy a decir.
- Bueno, no puedo dejar de preguntar. Ya sabes, me preocupo como
- Sí. Como su esposo que eres.
- Ya sabes como es.
- Sí, lo sé.

Cuelgo el teléfono. Odio que tu corazón no me pertenezca.

lunes, septiembre 18, 2006

Algo Diferente

La curiosidad mató al gato. Cuantas veces escuché a mi abuela decir esa corta oración. Sin embargo, aquí estoy, porque la curiosidad me consume por dentro y tengo la necesidad de saber, al menos una vez, lo que se siente.

Todo mi cuerpo está temblando y no lo puedo controlar. Es la misma sensación que tienes cuando haces algo por primera vez, algo malo o prohibido y la mezcla de miedo y excitación te sobrecogen. E Iván está sentado delante mío, con su media sonrisa, tan tranquilo y calmado que me incomoda.

Cuando me lo pidió, no creí que fuera en serio, pensé que estaba bromeando. Nunca había demostrado el más mínimo interés y la verdad es que yo pensaba que se asustaría aquella vez que surgió en una de nuestras conversaciones. Y ahora está aquí, de repente, y me pide algo que nunca pensé que fuera a pedirme. Y no puedo contener la sonrisa que lucha por aparecer en mi rostro ni mi alegría, tan parecida a la de un niño en una juguetería. Ahh, si las miradas mataran la suya ya me habría perforado un agujero en el pecho.

Odio cuando tiene esa sonrisa de satisfacción. Y odio que mi cuerpo no me responda y siga temblando. Y de repente escucho su voz, firme y varonil diciéndome:

- Veamos. Párate y quítate la ropa

Y sus palabras me llenan la cabeza y siento que mis mejillas me queman, no sé por qué. Tantas veces que hemos estado aquí en su habitación juntos, y siento que fuera mi primera vez. Y aquí estoy, sentada en su cama y él sentado detrás de su escritorio, viéndome y aún sonriendo. Y no dice nada, y me mira fijamente y sigue sonriendo y no queda más que hacer que… obedecerle.

- Tsk, tsk. No, no, no. Por favor Vanesa, lo puedes hacer mejor. No te estás desvistiendo para tomar una ducha. Te estás desvistiendo para mí.

¿Por qué me queman tanto las mejillas?

Tengo que hacer un esfuerzo por controlarme y no lanzar un suspiro de sorpresa, no sería apropiado. Pero, por Dios, nunca la he visto así, tan sensual, tan atrevida. Vaya, ha convertido el acto de desnudarse en un espectáculo visual que está ocasionando que me hierva la sangre. Pero se supone que el que está en control aquí soy yo y me muerdo la lengua antes de decir algo.

¿Eres de hielo o qué? No puedo creer que no digas nada. Y por toda respuesta me preguntas:

- ¿Lista?

Y una vez más me coges de sorpresa. No estoy lista, pero no hay marcha atrás. Asiento levemente con la cabeza, ya que las palabras no quieren salir de mi boca.

- ¿Nerviosa?

Niego con la cabeza, pero es una mentira y lo sabes. Me abrazas por el talle mientras me atraes hacia ti y me miras fijamente a los ojos. Estás todavía vestido y sin embargo tu contacto me quema y a la vez me calma los nervios.

- Como te dije antes, vamos a mantenerlo simple. Nada complicado, para que veas como es.

Asiento otra vez. No puedo quitar la mirada de tus ojos. Tus ojos, que tantas veces he visto, ahora se ven diferentes, hay algo en ellos que me sorprende, que me atrae

- OK, dame tus manos.

Tomas mis manos entre las tuyas, con gentileza y no dejo de mirar tus manos, grandes, fuertes y gentiles a la vez. Y cuando tu frente toca la mía y subo la mirada para verte, me besas con dulzura en los labios. Cuando nos separamos, tu sonrisa es otra, es juguetona y jovial, es tu sonrisa de felicidad y sonrío al verte así. Y de pronto, el roce de las cuerdas en mis muñecas me saca de mi ensoñación, mientras las rodeas una y otra vez, con firmeza pero sin apretar, con una habilidad que no conocía en ti. Y pronto el nudo queda hecho y noto que lo colocas lejos de mis dedos, fuera de mi alcance y las mariposas en mi estomago vuelven a volar alborotadas.

Estás como atontada mientras hago que te eches en la cama. Tu respiración está más rápida y cada vello de tus brazos está erizado y siento como tiemblas cuando mis dedos rozan tus mejillas y acaricio tu rostro. Bueno ¿qué sigue?

- ¿Es nylon verdad? - pregunto mientras envuelves mis tobillos de la misma manera que hiciste con mis muñecas.

- Sí. - Lo suficientemente grueso para no lastimarte y lo suficientemente delgado para poder “maniobrar”. La sonrisa que se dibuja en mi cara es de campeonato. - ¿Cómo estás, cómo te sientes?

- No sé. Es… es extraño no poder moverme con libertad. Es… raro.

- Bueno, esa es la idea. ¿Está bien? ¿No están muy ajustadas las cuerdas?

- No, no, para nada, es solo que – no puedo terminar porque me besas, con firmeza, mientras tus manos acarician mis brazos y los costados de mi torso. Pronto tu mano juega con mi pecho y tu boca besa mi cuello. Quiero sacarte tu corbata y tu camisa pero me detienes.

- No, no, no. Quietecita eh.

Y pones mis manos atadas por sobre mi cabeza.

- No las muevas de ahí.

Tu mirada es firme, fuerte y me ahogo en tus ojos. No creo poder atreverme a mover mis manos. Estoy a tu merced mientras haces lo que quieres conmigo. Me acaricias, me besas y te dejo hacer. Y tu mano pronto se insinúa entre mis piernas, acariciándome con dulzura y quiero separar mis piernas y no puedo. Es frustrante y excitante a la vez.

Vanesa me vuelve loco, siempre es así. Es tan difícil tratar de mantenerme calmado y en control cuando una mujer como ella está entre tus brazos. Sentir su piel que quema en mis manos, sentir su respiración que se congela en su garganta cada vez que la besó allí, sentir la turgencia de su pecho en mis dedos, todo ello me hace estremecer.

- No pares, no pares

- No tengo intención de hacerlo.

No puedo más. Me conoce tan bien, sabe donde tocar y como. No puedo más, me vuelvo loca, loca.

Ojalá vendieran oídos de repuesto. Sus gritos de placer son mi recompensa, pero ¡demonios!

Lo volví hacer. No puedo controlarme. No puedo controlar la risa cuando veo su cara, reprendiéndome juguetonamente. Y tu cara de sorpresa cuando digo: Más.

- ¿Más? Quieres más.

- Sí.

- ¿Segura?

- Si.

- Bueno.

Te sacas la corbata y cuando la vas a dejar sobre tu mesa de noche, me miras con esa mirada tuya, entre malévola y maquiavélica.

- ¿Qué? ¡No, no eso no! ¡Esto no lo acordamos! - ¿Por qué no lo detengo? Mis manos están atadas pero no las muevo, lo dejo hacer, mientras me cubre los ojos con su corbata y la ata detrás de mi cabeza.

- Si no te gusta, ya sabes que decir.

Lo escucho hablar mientras desata mis tobillos, solo para volver a atarlos contra mis muslos, de la misma manera que antes. Firme y sin apretar.

- Y ahora no puedes hacer nada. - Sé que me escuchas pero no sabes lo que pueda pasar. Y cuando mis dedos presionan suavemente tus pezones te veo saltar de la sorpresa.

Es extraño no poder ver. No saber que va a pasar. Cada vez que me toca es como si electricidad pasará de él a mí. Siento su aliento en mi estómago, en mi pubis. La expectativa me mata. Y el primer roce de su lengua me hace chillar. Quiero rodearte con mis piernas y no puedo, quiero coger tu cabeza y no muevo mis manos porque te estaría desobedeciendo. No puedo creerlo. Que sensación tan intoxicante. No tener control, no tener libertad, aunque sea por un momento, solo por un momento, estar a merced de otro. No puedo creerlo. Tomo decisiones todo el día, ordenó a mucha gente todo el día y ahora estoy a merced de otro, a sus caprichos y demandas, salvo por… Oh Dios.

Te tomo de las caderas para hacerte mía una vez más. Tus rodillas quieren apretarme y no pueden. Tu boca busca la mía y me besas con pasión. Tus manos siguen sobre tu cabeza y sonrió al ver que me haces caso, que me obedeces, porque así lo has querido. Tu cadera se une a la cadencia de la mía mientras muerdo tu cuello. Tu grito de placer es suficiente para mí. Tu placer es mi placer y pronto se mezclan en un torbellino de emociones.

Intento recuperar el aliento, mientras Iván me coloca de costado y me abraza por detrás. Es demasiado, todas estas sensaciones. Es demasiado. - No, no, quiero dormir así. - Maniatada y junto a ti.

- Ni hablar, no estás acostumbrada, no vas a poder dormir nada. - Sigo desatándola.

- Está bien… mi Señor. - Me miras divertido, con una ceja arqueada.

- ¿Mi señor?

- Sip. Pero no te hagas la idea.

- Vaya, que corto fue este reinado.

- Está bien… mi señor.

- Parece que hay una señorita que necesita una buena nalgada. - Por toda respuesta consigo un almohadazo.

jueves, agosto 24, 2006

Bitch

- ¡Hola Erika!
- Hola Luis.
- ¿Pasa algo?
- No, nada - El suspiro que siguió a su respuesta era una clara indicación que sí pasaba algo. Pero si ella no quiere contarme, no lo hará hasta que cambie de opinión, así que no insistí.
- ¿Qué vamos a ver? - me preguntó.
- "Vecinos Invasores" está muy buena.
- ¿No la has visto ya?
- Si
- ¿Cuántas?
- Dos
- Dos
- Si
- Eres un exagerado
- Es que es muy buena. - Iba a insistir en que era mejor verla en inglés pero su cara me decía que no estaba de ganas para ir al cine.
- Pero si quieres, venimos otro día.
- ¿Qué? ¿Por qué?
- Te noto cansada. Podemos venir otro día. Además así puedes ir a ver a…
Su expresión cambió de pronto. Parecía molesta y luego decidida. - No. Vamos a entrar. ¿Vamos después a otro lado? A comer, a tomar algo, no sé.
- Ya. ¿Quieres pasarle la voz a…?
- No. - Nuevamente me cortó
- Vamos entonces. - Uh Oh

25 minutos antes.

- Ya te dije que hoy no Joanna. Quede con Lucho para ir al cine - Era la tercera vez que se lo repetía.
- Llámalo entonces y nos vamos por ahí.
- No puedo hacer eso. Sería la cuarta vez que lo planto. Uno no hace eso con los amigos.
- ¿Así que prefieres irte con tu amiguito?
- ¿Qué quieres decir con eso?
- Nada, nada. - me respondió mientras me daba la espalda. - Solo quiero salir contigo, nada más. - Añadió aún de espaldas.
- Lo sé, pero entiende.
- Hace días que no nos vemos.
- Joanna, sabes que me fui a ver a mis padres. Y tú no quisiste venir.
- Sí, sí.
- ¿Por qué no vienes al cine con nosotros?
- No quisiera interrumpir la diversión con tu amiguito. - Había un tono de amargura en su voz, en verdad, pero no me importo, ya había tenido suficiente con sus insinuaciones. ¿Qué tenía de malo que Luis y yo hayamos ido a Trujillo durante unas semanas después de acabado el ciclo? Además ella no quiso venir. Y le rogué que viniera.
- OK - fue mi respuesta, seca y directa y entré a mi cuarto y cerré la puerta.

A veces no entiendo a Joanna. A veces es cariñosa, amable y otras es celosa y posesiva hasta más no poder. Y no entiendo porque cela a Lucho. A veces se lleva de las mil maravillas con él y otras pareciera que quisiera meterle un puñete. No entiendo.

Encima de mi cama estaba mi ropa, planchada y acomodada. Lucho. Luchito siempre ha estado ahí para mí. Es mi mejor amigo. Siempre estuvo a mi lado y es el único que sabe que me gustan exclusivamente las mujeres. Nos hemos peleado, nos hemos reconciliado pero siempre estuvo a mi lado.

Guardé mi ropa mientras seguía pensando en que hacer con Joanna y sus celos tontos. La escuchaba ahí afuera en la sala, viendo televisión. De momento no podía hacer nada. Íbamos a terminar discutiendo y nunca lo hemos hecho. Pequeñas cositas, rencillas, pero nada más, nada serio. No quiero pelearme con ella nunca.

Me saque mi polo y mi brassiere y empecé a buscar que ponerme cuando Joanna entró hecha una tromba. Traté de hacerme la desentendida mientras seguía buscando, cuando me abrazó por detrás y empezó a besarme la nuca.

- Joanna no, voy a llegar tarde.
- No importa
- Sí importa, déjame.

Por toda respuesta empezó a acariciarme el pecho, jugando con mis senos como solo ella sabe hacerlo. No, no, me va a volver loca.

- Joanna, no.

Sus dedos rozaban levemente mis pezones mientras me sujetaba por la cintura con la otra mano. Me mordía con cariño el cuello y la oreja y cada vez mientras sentía que mi reticencia se disolvía con cada minuto que pasaba - No vayas - me susurró.
- No puedo.
- No vayas - insistió.
- Tengo que ir. Lo prometí.

Su mano izquierda descendía lentamente por mi abdomen y el calor que emanaba me quemaba como una fiebre. Sabía hacia donde se dirigía y la cogí por la muñeca. Si esto continuaba así me iba a volver loca.
- Suelta, suelta - me amonestó con dulzura mientras mordía el lóbulo de mi oreja.
- No por favor, ya no más. Para por favor. - Las piernas me empezaban a flaquear y cuando mordió con más fuerza la solté. Su mano se deslizó debajo de mis shorts mientras la otra se posaba ahora sobre mi pecho, masajeando con firmeza.
- Abre tus piernas - me ordenó
- No, no, por favor - ya no podía pensar con claridad
- Ábrelas.
- No

Metió su rodilla entre mis piernas y me obligó a abrirlas. Sus dedos no perdieron tiempo y empezaron a acariciar mi pubis y presionarlo ligeramente
- Vaya, ya estás lista - me dijo con malicia, haciéndome que me sonrojé sin saber por qué
No espero a que respondiera y sus largos y finos dedos se perdieron dentro de mí. Dios, porque me afecta tanto esta loca. Se me escapó un grito cuando presionó con firmeza entre sus dedos mi pezón, el mismo que segundos antes estaba acariciando juguetonamente. Esa mezcla de placer y dolor me excitó aún más y mis caderas empezaron a bailar al ritmo de sus dedos.

- No vayas - me repitió mientras jugaba conmigo aún más rápido.
- No puedo quedarme - No sé si me entendido entre mis jadeos y sollozos.
- ¿Vas a ir?
- Sí
- Ok.

Me soltó.

- ¿Qué!? ¿Qué haces!?
- Yo tampoco me puedo quedar. - Dijo con amargura mientras se dirigía a la puerta
- ¡Pe-pero no puedes… no puedes dejarme así!
- No quiero que llegues tarde a tu cita con tu amiguito.
- ¡Joanna!
- Si quieres me llamas - fue lo último que dijo mientras cerraba la puerta del departamento.
- ¡Joanna!

Ahora

Dios, no puedo disfrutar la película. Y sé que Luis lo sabe porque no me ha dicho nada desde que no me reí la primera vez con el resto de la gente en el cine. Lo siento Luis, en verdad.
Dios, no tenía ningún derecho a hacer eso.